La dosis de naturaleza que los pediatras empiezan a recetar
Hace tiempo que intuíamos algo que hoy la ciencia continúa confirmando: los niños necesitan naturaleza, y no solo para jugar o divertirse, también para crecer sanos.
En las últimas semanas, distintos medios de comunicación y especialistas han vuelto a poner el foco en una idea cada vez más respaldada: el contacto frecuente con entornos naturales parece favorecer el desarrollo del sistema inmunológico infantil. Diversos estudios han observado que los niños que pasan más tiempo en contacto con la biodiversidad —tierra, plantas, árboles, hojas, microorganismos y espacios verdes— presentan cambios beneficiosos en su microbiota y en determinados marcadores relacionados con la respuesta inmunitaria.
Uno de los estudios más conocidos se realizó en Finlandia. Al incorporar elementos de bosque y suelo natural en patios infantiles, los investigadores observaron cambios en apenas unas semanas: aumentó la diversidad microbiana y aparecieron mejoras en marcadores inmunológicos asociados a una mayor regulación y fortaleza del sistema inmune.
No se trata de afirmar que la naturaleza sea una medicina milagrosa, sino de recordar algo esencial: nuestros niños no evolucionaron entre pantallas, cemento y prisas. Evolucionaron tocando la tierra, observando insectos, ensuciándose las manos y creciendo en relación con el mundo vivo.
Quizás la naturaleza no sea un lujo o un extra en la infancia. Quizás sea una necesidad.
Porque cada hoja, cada árbol y cada puñado de tierra puede ser mucho más que paisaje: puede ser salud, conexión y vida. 🌱
A esta evidencia sobre el sistema inmunológico se suma otra realidad preocupante: los niños pasan cada vez menos tiempo al aire libre. La infancia moderna transcurre, en muchos casos, entre espacios cerrados, horarios acelerados y estímulos digitales constantes. Según diferentes especialistas en pediatría y desarrollo infantil, esta desconexión progresiva de la naturaleza puede influir no solo en la salud física, sino también en el bienestar emocional y cognitivo.
El contacto habitual con espacios naturales se ha relacionado con una reducción del estrés y la ansiedad infantil. Los entornos verdes favorecen estados de calma, mejoran la concentración y ofrecen algo que hoy parece escaso: tiempo sin sobreestimulación. En un bosque, en un parque o simplemente en un jardín, el cerebro infantil descansa de la velocidad de las pantallas y encuentra un ritmo más acorde a sus necesidades biológicas.
Además, jugar en la naturaleza implica un tipo de aprendizaje difícil de reproducir en interiores. Saltar piedras, construir con ramas, trepar árboles, observar hormigas o seguir el curso del agua desarrolla habilidades motoras, creatividad, autonomía y capacidad de resolución de problemas. La naturaleza no ofrece juguetes cerrados ni instrucciones exactas; ofrece posibilidades. Y precisamente ahí nace gran parte del aprendizaje auténtico.
Muchos pediatras hablan ya de la importancia de las llamadas "dosis de naturaleza": pequeños momentos cotidianos de contacto con el entorno natural que pueden tener un impacto profundo en la salud y el desarrollo infantil. No hace falta vivir en el campo ni hacer grandes excursiones cada semana. Pasear descalzos sobre la hierba, cuidar plantas, jugar con arena, caminar entre árboles o simplemente pasar más tiempo al aire libre ya puede marcar una diferencia.
También existe una dimensión emocional difícil de medir científicamente, pero profundamente humana. La naturaleza despierta curiosidad, asombro y vínculo. Enseña a observar, a esperar, a cuidar y a sentirse parte de algo más grande. Un niño que crece conectado con el mundo natural suele desarrollar una relación más cercana con el cuidado del planeta, pero también consigo mismo.
Cada vez más especialistas hablan incluso de "recetar naturaleza". El pediatra ambiental Juan Antonio Ortega-García recuerda que "con solo una hora al día en contacto con la naturaleza mejora el sueño, el neurodesarrollo, el rendimiento escolar y la salud global de los niños".
Los niños entre 7 y 17 años tienen un insuficiente contacto con la naturaleza, y este déficit implica un impacto negativo para su salud. Es la conclusión principal de un estudio liderado por el Dr. Juan Antonio Ortega-García, pediatra ambiental y coordinador del Comité de Salud Medioambiental de la Asociación Española de Pediatría (CSM-AEP), y en el que han participado diversas instituciones nacionales e internacionales.
En el estudio, que ha sido publicado en la revista científica People and Nature, se han analizado los datos de 3.395 escolares, para concluir que tres de cada cuatro tienen menos conexión con la naturaleza de la que sería deseable, lo que se asocia a peores indicadores de bienestar, sueño y desarrollo. Hablamos con el Dr. Ortega-García para que nos desgrane la importancia de esta circunstancia.
Hay un declive en la conexión con la naturaleza a partir de los 7 años que se mantiene hasta la adolescencia
Dr. Juan Antonio Ortega-García, pediatra ambiental
Espacios verdes y espacios azules
En la investigación se constata cómo los niños han reducido su interacción diaria con la naturaleza, en comparación con generaciones anteriores. "Este cambio se debe a factores como el mayor uso de tecnologías digitales, la expansión de zonas urbanas con espacios verdes limitados y las crecientes exigencias académicas, todo lo cual contribuye a una disminución del tiempo de juego al aire libre", se cita en el trabajo. Y este distanciamiento no es solo referido al tiempo que pasan en el medio natural, sino que supone un "debilitamiento de los vínculos afectivos de los niños con la naturaleza".
Por entorno natural no debemos entender solo los espacios verdes, como jardines, parques o bosques. También hay que incluir los espacios azules (ríos, lagos y zonas costeras), a pesar de que la mayoría de los trabajos se centran en los primeros. De hecho, el Dr. Ortega-García refiere una experiencia en la que pasaron la mañana navegando frente a las costas de Cartagena con niños con enfermedades crónicas, supervivientes de cáncer y otros con trastornos del neurodesarrollo por distintos motivos como la exposición prenatal a alcohol u otras drogas. "Estuvimos unas cuatro o cinco horas, y antes de subir al barco les hicimos unos tes de actividad, hiperactividad y comportamiento, además de tomar una muestra de saliva", destaca. Los resultados son sorprendentes, y entre otros parámetros cabe destacar cómo el cortisol, la denominada hormona del estrés, "caía por los suelos".
Una hora al día en contacto con la naturaleza
Los expertos han determinado que una sola hora al día en contacto con la naturaleza, al margen del tiempo que pasan en el patio escolar, ya tiene un efecto positivo sobre la salud de niños y adolescentes. "Los beneficios del contacto con la naturaleza son extraordinarios y están definidos en un montón de trabajos: disminuye la mortalidad global, aumenta la felicidad y la sensación de bienestar, reduce conductas agresivas, reduce la hiperactividad, reduce el estrés y los marcadores de neuroinflamación, mejora el sueño, disminuye el riesgo cardiovascular, mejora el neurodesarrollo, el rendimiento escolar y los test de lectura; es un factor también protector de la obesidad, disminuye el sobrepeso y mejora la calidad de vida, aumenta el nivel de actividad, incrementa los niveles de vitamina D, incrementa la función pulmonar...", detalla el especialista.
"Debemos trabajar más por la prescripción de naturaleza, porque también sabemos que cuando un pediatra prescribe actividad física, la adherencia es mayor cuando se realiza en entornos naturales, en su parque urbano...", añade. Estos cambios se observan con "dosis" muy bajas de contacto con la naturaleza: "A partir de las dos horas a la semana empezamos a observar mejoras y queremos que todos los niños y niñas de este país pasen al menos una hora diaria al aire libre, porque sabemos que además va a contrabalancear otras adicciones: es menor el tiempo que pasan delante de las pantallas y hay una mejora en los indicadores de salud física y mental, por eso abogamos por la prescripción de naturaleza en todos los consultorios de pediatría de la nación", insiste el experto de la AEP.
Los espacios públicos como aliados de salud
Para que los menores puedan disfrutar de ese contacto con la naturaleza, que puede ser en actividades como pasear a su perro, dar un paseo o montar en columpios en una zona renaturalizada (urbana, pero con elementos naturales), es necesario que las políticas públicas presten atención a su importancia.
"Solemos crear modelos de prevención de enfermedades basados en el 'no': no fumes, no bebas, no tomes esto, no hagas lo otro... Pero los programas de conexión con la naturaleza están centrados en los elementos de protección. Porque si pusiésemos más enfoque en los elementos de protección, no tendríamos que hablar tanto del riesgo. Ya observamos cómo los niños que tienen más adicción a pantallas tienen menos conexión con la naturaleza. Si animamos a los niños a que pasen más tiempo en los espacios naturales, es decir, promovemos los factores de protección, no tendríamos que crear modelos basados en la negación", destaca el Dr. Ortega-García.
En este ámbito es importante la forma en la que se diseñan las ciudades. "Los alcaldes pueden ser 'ministros de salud pública', porque tienen capacidad para poder regular el acceso a parques urbanos, a los espacios naturales de su municipio, fortaleciendo esa conexión de los jóvenes de su barrio, peatonalizando los entornos, recreando esos espacios naturales... y puede ser una lucha muy efectiva contra la contaminación en las ciudades y contra el manejo y la prevención de la obesidad infantil", comenta el pediatra.
Un programa que ya está en marcha
En el estudio se ha validado un nuevo indicador de salud infantil a partir del grado de relación de niños y adolescentes con el entorno natural. Es el Índice de Conexión y Experiencia con la Naturaleza (NCEI), una herramienta que puede ser utilizada libremente por centros educativos, profesionales sanitarios o familias para saber en qué punto se encuentran y que está disponible en https://proyectosaludmovil.typeform.com/nceindex
Este índice ya se está implementando en algunos municipios como Pinto, en Madrid, y próximamente se va a extender a otros de Santander, Cataluña y Asturias, con el objetivo final de llegar a 100.000 escolares, que podrán saber cuál es su grado de conexión con la naturaleza y cómo mejorarlo.
Fuentes: (El Confidencial), (hola.com)
